De la crítica.
Todos estamos expuestos a la crítica; mejor aún: todo es criticable. Si usted, querido lector, no se acaba de subir apenas al vagón de este blog cotorro, se habrá dado cuenta que la naturaleza de este es criticar, de la forma más chabacana posible, los acontecimientos que me suceden en el correr de los días y que, a veces, hace que me den ganas de saltar de un puente.
Recuerdo que en el segundo año de la secundaria, el niño Rebolledo se hizo caca en los pantalones y, no conforme, la sacó por la pernera del pantalón en un movimiento asombrosamente ágil para alguien con la complexión de luchador de sumo del Budokan; ¿el resultado? Fue duramente criticado, humillado y molestado por el resto de sus compañeros, quienes no tomamos en cuenta que el pobre Refollado era no sólo un brillante alumno con tendencias de genialidad, además de bastante popular con las mujeres, sino que pasó a la historia como ‘el cacas’. No sé qué habrá sido de él, pues terminando la secundaria se fue a vivir a otro Estado, pero sí me dejó una enseñanza: la crítica a nivel masivo no sólo es infundada, sino, en la mayoría de los casos, producto de la frustración de aquellos que la enarbolan como bandera. No me malinterprete: un poco de crítica no sólo es necesaria, sino de gran ayuda cuando se hace de manera correcta, aunque ‘correcta’ no siempre sea ‘positiva’.
Después de mi última entrada, en referencia a los ñoños y su movimiento por dominar el mundo, recibí varios mensajes donde, entre otras cosas, me tildaban de ‘pendejo’, ‘ignorante’, ‘mamón’ y, los más radícales, de ‘huevón sin talento’; estas son el ejemplo más puro de una crítica ramplona y sin bases: llamar a alguien ‘pendejo’ porque no comparte el mismo pensamiento que yo es como llamar a alguien ‘ignorante’ (que vendría siendo lo mismo, pero luego entraremos ahí) por no saber ABSOLUTAMENTE TODO LO QUE PASA EN ESTE JODIDO MUNDO; así, este ejemplo me lleva al segundo apartado: el ataque personal.
Cuando se critica un hecho por el simple hecho de haber sucedido, no sólo se logra un análisis, sino una completa inmersión en lo sucedido (cuando es bien hecho), pero cuando no existen suficientes fundamentos para esto, la crítica se vuelve un ataque. Pongamos un ejemplo: dos autos chocan entre sí por obra de un conductor distraído y un conductor imprudente. Una crítica fundamentada al hecho tendría que ser por parte de alguien que haya presenciado el hecho, de preferencia, en primera persona, aunque hasta una tercera podría ser aceptable; después, el crítico del evento tendría que investigar el por qué sucedió el choque, desde las características de los autos hasta el perfil de los conductores, la colocación de los semáforos, la hora en que sucedió y el resultado del hecho (en este caso, el choque); un crítico falaz diría que el choque se dio porque: a) uno de los dos (o los dos) conductores está (o están) pendejos, b) el pinche gobierno de cagada no hace su trabajo y no pone semáforos que funcionen y esto ocasiona accidentes, y c) Dios lo tenía en Su Plan Maestro. Como ven, las últimas tres son ataques dirigidos a un ser (ya sea real, como los conductores, o moral, como Dios o el gobierno) que, en la mayoría de los casos, poco o nada tiene que ver, pero es mucho más fácil atacarle por la falta de contacto directo y, mejor aún, la impenetrable trinchera que da el anonimato.
A fin de cuentas, nadie se salva de ser un manojo de contradicciones y muy probablemente estoy cayendo en una (o muchas) de ellas, pero agradecería que si van a mandarme correo de odio, sean creativos y me cae que hasta los publico en este, el horrible Blog Cotorro.
